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La “declaración de Gubbio” y la responsabilidad social de la universidad catòlica

4-6 de mayo de 2023Noticias Compartir:

Del 4 al 6 de mayo tuvo lugar en la ciudad francesa de Lille la asamblea general de la Federación de Universidades Católicas de Europa (FUCE). La asociación, que aglutina 59 entidades de toda Europa y Líbano, sigue su propio ritmo anual de encuentros para seguir consolidando una realidad no pequeña en todo el mundo, y en concreto en Europa, como es el mundo universitario.
El deseo de la FUCE es el de acompañar tan de cerca como sea posible a los cuerpos directivos, docentes y estudiantiles que los forman, así como ayudar a establecer estrategias de apoyo en diversos ámbitos en el mundo académico católico. Su presidente, Michael Mullaney, presbítero diocesano irlandés, iniciaba la asamblea de este año expresando la voluntad reiterada de seguir apoyando a los centros universitarios católicos en su misión de profundizar en sus diversos proyectos de estudio pero sin alejarlos nunca de una relación estrecha con la vida. Hoy, añadía Mullaney, no se puede ignorar el contexto frágil de la sociedad en general, seguramente debido a la creciente presencia de opciones sociales que quieren optar o bien por el juego de la confusión, o bien por el de la superficialidad. Por este motivo, la reacción del mundo académico católico ha de ser la de favorecer una visión verdaderamente humanista y humanizadora de los propios centros.
En esta ocasión en Lille se han tratado dos temáticas muy concretas, a saber, la importancia y necesidad de escuchar al alumnado que no ha de ser reducido a una especie de grupo pasivo y consumista de títulos, sino que debe ser conocido y escuchado para poder descifrar su propio itinerario, y así, poder acompañarlo; y en segundo lugar, abordar claramente la necesidad de seguir insistiendo en la formación de una conciencia más presente sobre la responsabilidad civil de las universidades católicas.
En cuanto a la primera de las cuestiones fue objeto de diversas voces que fueron exponiendo y recordando actitudes imprescindibles y bien conocidas, pero no por ello asumidas del todo, nos referimos a la importancia de trabajar en equipo, motivar el diálogo, estar atentos a los procesos y a las evoluciones, asumir responsabilidades sin desvincularse de la realidad cotidiana, o bien vivir tanto el presente como el futuro sin ansiedades.
El contexto actual de la sociedad europea demanda a la universidad católica la capacidad de asumir las heridas de la humanidad y, al mismo tiempo, aspirar a ser espacios de utilidad no solo en el ámbito profesional, sino también, y sobre todo, en el ámbito espiritual. La universidad católica no quiere descuidar la invitación del papa Francisco a favor de un pacto global de educación, por eso no olvida en su debate cuestiones urgentes: ¿cómo hacer posible una verdadera humanización de la tecnología, es hoy posible? ¿Cómo posicionarse frente a la Inteligencia Artificial (IA)? ¿Qué impacto deben tener nuestras instituciones educativas en una Europa diversa y plural? ¿Cómo pueden reestructurarse los programas de formación a partir de una sana internacionalización de la educación, sin caer en la comercialización del saber? ¿Cómo leer la cultura contemporánea hoy, y en especial la cuestión del género entre la juventud? Estas y muchas otras cuestiones demandan respuestas compartidas y consensuadas.
La universidad no lo tiene fácil en este sentido, como tampoco es fácil para nadie la tarea de hacer fructificar la misión. Hay que seguir explorando caminos de esperanza en los que la universidad católica sea verdaderamente un referente capaz de responder a los desafíos del presente con habilidad, no como aquel que sabe bailar cualquier danza, ni como aquel que cae en una defensa ideológica angustiosa.
En este sentido, la misma FUCE presentó el primer resultado de su propuesta de universidad de verano. Este proyecto se vivió por cuarta vez, y en su última edición la ciudad italiana de Gubbio fue la anfitriona. El objetivo de este programa consiste en adquirir unos conocimientos generales de la historia de Europa, una formación también general en el campo de la literatura y las artes en Europa, y un reconocimiento de la presencia de otras expresiones religiosas en el continente europeo. El curso que se desarrolla durante 30 días no descuida la faceta social y de compromiso social que genera la identidad cristiana. El resultado de esta última edición fue la publicación de "la declaración de Gubbio". En ella, los mismos estudiantes afirmaban la importancia de la cooperación, de la defensa de la dignidad humana y del deseo de trabajar a favor del bien común, entendiendo que el humanismo tiene mucho que decir en la construcción de Europa y de la humanidad.
En cuanto a la segunda cuestión, la de la responsabilidad social de la universidad católica, esta fue ampliamente presentada, no como una opción accidental o un planteamiento de segundo orden. La universidad católica debe asumir su propia identidad y esta pasa por cuidar un sentido profundo de promoción de la igualdad de oportunidades para todos sus estudiantes, pero al mismo tiempo de no establecerse en medio de la sociedad como una referencia cerrada, autoreferencial, o como diría el Papa Francisco en “Christus vivit”, como una "institución-búnker".
En un mundo cada vez más desigual y plural, la igualdad de oportunidades debe ser concretada en opciones y proyectos que favorezcan una mayor educación, capaz de hacer crecer la sociedad hacia el deseo de conseguir un mayor bien posible. La responsabilidad social se expresará, pues, en el hecho de no olvidar la dignidad de ninguna persona, sea quien sea, venga de donde venga. La universidad católica responsable socialmente tenderá a generar ambientes inclusivos y a crear ocasiones reales de aprendizaje.
El hecho religioso no puede ser descuidado, aunque Europa haya querido reducir la presencia pública del hecho religioso en ciertos ambientes. Junto a esta ocultación por parte de algunos discursos, se ha de sumar, tristemente, la presencia de una cultura de la violencia. La violencia no puede ser combatida con más violencia. La universidad católica debe permanecer fiel a su propia identidad, que encuentra en Jesús, su verdadero Maestro. Esta centralidad de Jesús debe convivir en los numerosos centros universitarios europeos con la pluralidad religiosa. Los centros educativos católicos en Europa, en tantas ocasiones, deben apuntar a un ejercicio maduro de coexistencia con la diversidad religiosa y no religiosa. Con todo, esta convivencia no excluye el hecho de llegar a concretar un gesto claro y significativo que favorezca el crecimiento en la responsabilidad pública de la universidad, con el fin de no favorecer los radicalismos, y por el contrario, cuidar más los necesarios espacios de diálogo, de coordinación y de relación ya sea en el campo social, político y cultural.